Carnavales
El malecón habanero se prepara para los carnavales. En la Piragua varios carpas se anuncian como restaurantes de comida internacional y coloridos kioscos surgen por toda la zona costera. Ya pueden verse -en las aceras y los portales- las estructuras metálicas que se usarán para los palcos, mientras las comparsas ajustan las coreografías que mostrarán a partir del viernes.
Producto de los sucesivos cambios de fecha que han sufrido nuestras fiestas populares, somos un pueblo que no sabe muy bien cuándo comienzan sus carnavales. Nos toma por sorpresa el anuncio de que van a iniciarse y ni siquiera nos frustramos demasiado cuando nos dicen que están suspendidos. Recuerdo que en el verano del 2006 nos quedamos con las carrozas pintadas, ya que las congas habaneras no encajaban en el sombrío escenario de la enfermedad de Fidel Castro.
Por suerte, este año las comparsas arrollaran. Seguiremos viviendo un carnaval esquizofrénico: la mayor parte de los productos en moneda convertible y una porción pequeña de placeres para los que solo tienen pesos cubanos. Nuestro jolgorio ha dejado de ser, debido a la violencia y la marginalidad, una cita para toda la familia. Pero aún así, es el momento para sacudirse las consignas, las escaseces y las expectativas frustradas. Bailar es una magnífica forma de olvidar.
Así que habrá festejo, en ese mismo perímetro de costa donde -hace catorce años- los habaneros mostraron su inconformidad en un estallido social. Beberemos alrededor del muro que ha sentido el peso de las balsas improvisadas con rumbo al norte. Habrá salsa y reggaetón, en la misma avenida marítima que hace meses no ve pasar una manifestación coreando slogans y agitando banderitas. En ese malecón que nos ha visto gritar, partir y fingir, vamos –por estos días- a divertirnos.
A Felipe, que me regaló esta metáfora
El próximo sábado 26 de julio, Raúl Castro hablará en Santiago de Cuba. Se dirigirá en vivo y a través de la televisión a un pueblo que aún recuerda su alocución de hace un año, en la que mencionaba “cambios estructurales”, “vaso de leche al alcance de todos” y “lucha contra el marabú”. Más que escuchar el anuncio de nuevas medidas, los cubanos nos aprestamos a confirmar cuan poco se ha podido hacer en estos doce meses.
Atrás ha quedado definitivamente aquel tiempo de las promesas y de las mágicas soluciones que nos sacarían del subdesarrollo. El discurso político, sin duda, ha comenzado a aterrizar. Lo que no significa que algún día vaya a tocar el suelo. Un hombre con máximos poderes se mantiene al mando de la nave, pero nadie nos explica por los altavoces si planeamos o caemos en picada, si el viento es propicio o los motores están a punto de explotar. Un silencio, intercalado de llamados a la disciplina y al sacrificio, sale por los altavoces de este achacoso IL-14.
No esperamos ni piruetas en el aire, ni caramelos bajo la lengua que nos ayuden a soportar las turbulencias del viaje. Queremos que el piloto dé la cara, nos cuenten el itinerario y que nosotros decidamos la ruta. Que este discurso del sábado no se convierta en una exaltación a mantenernos en el aire, sino en un claro reporte de cómo y cuándo abordaremos otra nave

